La importancia de la lectura en la infancia: cómo crear lectores desde la emoción
La semana pasad ha sido el Día del Libro , ésta no es solo una fecha para celebrar que sabemos leer, sino una oportunidad para recordar algo mucho más profundo: los libros están para sentirlos, vivirlos y compartirlos. Un niñ@ no ama la lectura porque alguien se lo ordena, ni porque en el cole “toca leer”, la acaba amando cuando la vive en primera persona, cuando las historias se le meten debajo de la piel, cuando un cuento se convierte en juego, en risa, en abrazo y en momento compartido con un adulto importante. Leer no es únicamente descifrar letras, es una experiencia emocional, sensorial y de vínculo, y es ahí donde se siembra de verdad el amor por los libros.
Cuando un cuento se toca, se mezcla, se imagina, cuando la historia sale del papel y pasa a sus manos, ocurre algo muy potente: deja de ser “un cuento” y se transforma en una vivencia. En infantil, una historia no llega solo porque la leamos en voz alta y ay está; llega cuando se representa con los dedos, cuando se pinta después, cuando se repite una y otra vez, cuando los peques intervienen, anticipan lo que viene y pueden cambiar el final. Es ahí, en esa experimentación, donde empieza el verdadero amor por los libros. No se trata de que los peques lean antes de tiempo, sino de que vivan las historias y las sientan como algo suyo. Lo que realmente deja huella no son las letras en sí, sino la emoción que las acompaña.
La neuroeducación lleva años recordándonos que sin emoción no hay aprendizaje sólido: lo que emociona se recuerda, lo que no emociona se olvida. Las emociones abren la puerta del cerebro al aprendizaje, ponen en marcha la atención, la memoria y la curiosidad.
Cuando un niñ@ se siente segur@, acompañado, motivad@ y vinculado, su cerebro presta más atención, procesa mejor la información y aprende de forma más profunda. No es un detalle menor: la emoción es el motor biológico del aprendizaje, no un añadido decorativo. Como explica el neuroeducador David Bueno, solo alrededor del 60% de los niños está preparado para aprender a leer a los cinco años, por lo que es clave respetar los ritmos madurativos. Si la lectura se asocia a presión, fichas y correcciones constantes, la puerta se cierra; si se asocia a disfrute, juego y vínculo, esa puerta se abre de par en par.
La emoción no es un extra. Es el motor biológico del aprendizaje.
Antes de leer, ya son lectores
Y es que los niños y las niñas, antes de aprender las letras, ya son lectores. Existe una paradoja muy común: los niños y niñas pasan de ser lectores sin saber leer a saber leer, pero dejan de disfrutar leyendo.
Antes de aprender las letras, los peques ya crean historias, escuchan cuentos, imaginan, preguntan y se emocionan. En ese momento ya son lectores auténticos, personas que quedan hipnotizadas por una historia, por un personaje o por cómo les hacemos llegar una narración.
Desde la clase de nido, cuando a penas se sientan o caminan, ya están disfrutando de los cuentos, de los libros, sin necesidad de descifrarlos. Les llaman la atención la cadencia del lenguaje, los tonos de la voz, las imágenes de los cuentos o de los pequeños escenarios que organizamos para contarles las historias.
Muchos peques pueden “contar” un cuento que han oído muchas veces solo mirando las imágenes, gracias a la repetición y a la memoria narrativa. Adivinan lo que viene, completan frases, imitan entonaciones, se ríen en los mismos momentos, se enfadan si alguien cambia el final. Están leyendo de otra manera, apoyándose en la imagen, la voz del adulto y su propia memoria. Disfrutan de los libros sin necesidad de conocer todavía el código escrito. El problema aparece cuando, al empezar el aprendizaje formal de la lectura, todo eso se reduce a tareas: fichas, ejercicios, errores marcados en rojo, tiempos de lectura cronometrados, “bien” o “mal” en función de cuántas sílabas han conseguido descifrar.
Y ahí ocurre algo importante: ya saben leer, pero dejan de disfrutar leyendo.
Y esto es una pérdida enorme. La animación a la lectura en infantil no debería consistir en adelantar las letras, ni en apresurar el proceso para que lleguen a primaria “sabiendo ya leer”. Consiste en contar cuentos, en crear momentos compartidos, en vincular a través de la emoción, la curiosidad y la escucha. Consiste en que el libro sea excusa para el juego, la conversación y el contacto.
Porque los lectores no nacen de las letras. Nacen de las historias.

El lenguaje se construye jugando
El aprendizaje del lenguaje no empieza cuando un niñ@ repite sílabas en una ficha, sino mucho antes, cuando inventa historias mientras juega, cuando convierte una caja en un coche o en una casa, cuando da voz a muñecos y peluches, cuando mezcla realidad y fantasía sin ningún esfuerzo. Cada vez que un peque hace hablar a un muñeco, reinterpreta un cuento o inventa un final nuevo, está practicando estructuras de lenguaje, organizando ideas y dándole forma a su pensamiento. El juego simbólico es una herramienta potentísima para construir lenguaje, mucho más que cualquier ejercicio aislado de repetir palabras.
Cuando hay emoción y juego, la conciencia fonológica —esa capacidad de escuchar, identificar y manipular los sonidos del habla que más adelante será clave para aprender a leer— se va construyendo de forma significativa. No nace de repetir sonidos sin sentido, sino de cantar canciones que emocionan, de jugar con rimas absurdas que nos hacen reír, de inventar palabras raras y de disfrutar con los equívocos. El lenguaje, en realidad, nace del vínculo, del juego compartido y de la emoción. Ahí es donde el cerebro crea huellas que quiere recordar. Educar, en este sentido, es emocionar primero y enseñar después: preparar el terreno emocional para que lo que sembramos (las letras, las normas, las técnicas) tenga de verdad donde agarrarse.
Lo que solemos pedir… y lo que realmente necesitan
Si pensamos en lo que muchas veces le pedimos a un niño o una niña cuando llega a primaria, la lista es larga: que reconozca las letras (o incluso que ya sepa escribir su nombre y unas cuantas palabras), que lea palabras y pequeñas frases con cierta fluidez, que entienda lo que lee, que sea capaz de estar sentad@ y en silencio, que se concentre, que atienda y que exprese sus ideas de forma clara. Todo eso lo damos por sentado como punto de partida. Pero pocas veces nos paramos a preguntarnos cómo se construye todo eso dentro del cerebro infantil y qué pasos previos son necesarios para que realmente pueda sostenerlo.
La lectoescritura no aparece por magia cuando empezamos a trabajar el nombre, las vocales o las consonantes, ni se consolida por hacer muchas fichas de trazo o de copia. Todo eso puede ayudar a entrenar ciertas habilidades, pero por sí solo no garantiza un aprendizaje profundo ni significativo. Detrás de la lectura y la escritura hay muchas funciones en juego: un lenguaje oral rico, capaz de manejar diferentes estructuras de frases; una memoria de trabajo que permita retener información mientras se procesa; una atención sostenida que aguante el esfuerzo; un control inhibitorio que ayude a frenar impulsos; una buena coordinación visomotora; una conciencia fonológica sólida; capacidad de simbolización; y, por supuesto, motivación y vínculo afectivo con lo que están haciendo.
Estas bases no se construyen rellenando fichas, sino viviendo experiencias. Antes de leer palabras en un papel, el cerebro necesita haber escuchado matices del lenguaje, haber sido capaz de anticipar secuencias en canciones y cuentos, recordar consignas, jugar con sonidos, narrar pequeñas experiencias del día, moverse con coordinación, desarrollar una motricidad fina adecuada, comprender símbolos y gestos en contexto y sostener la atención en situaciones que le resultan agradables y retadoras a la vez.
Cuando los peques juegan “a tiendas”, “a médicos”, “a casas” o “a viajes”, no solo se entretienen; están entrenando vocabulario, estructura gramatical, diálogo, turnos de palabra, memoria narrativa, autorregulación y pensamiento simbólico. Cuando trepan, modelan plastilina, recortan con tijeras, rasgan papeles, construyen con bloques o dibujan libremente, están preparando su cuerpo para escribir: fortalecen la musculatura, mejoran el control postural, afinan la coordinación ojo-mano, desarrollan la lateralidad y planifican movimientos. La escritura empieza mucho antes que el lápiz, en todo ese juego motor y sensorial que a veces infravaloramos.
Además, en los últimos años se ha observado cómo el uso excesivo de pantallas está desplazando el juego manual y al aire libre, y eso afecta directamente a la motricidad fina y a la capacidad de atención de los niños. Cada vez hay más peques que pasan muchas horas frente a dispositivos, pero menos tiempo dibujando, recortando, construyendo o mirando cuentos con calma. Diversos estudios señalan que esta pérdida de habilidades motoras finas se relaciona con dificultades posteriores en la escritura y otras tareas escolares que requieren precisión y coordinación. Por eso es tan importante ofrecerles experiencias ricas en movimiento, manipulación y lenguaje, en lugar de adelantar contenidos puramente académicos.
Te cuento más sobre la relación entre las pantallas y el movimiento en este articulo..
Rimas, canciones y juegos de palabras: la base invisible
Dentro de todas esas experiencias, las rimas, canciones, poesías y juegos de palabras ocupan un lugar super importante. A primera vista pueden parecer algo muy » de niños» que solemos hacer en las escuelas, pero poco importante, cuando en realidad son una base invisible, poderosa y directa para el aprendizaje posterior de la lectura. Cada vez que un niñ@ canta una canción con gestos, recita una retahíla, juega a cambiar sonidos o se ríe con palabras inventadas, está entrenando procesos que más tarde sostendrán la conciencia fonológica.
A través de estas actividades, los peques desarrollan discriminación auditiva (distinguir sonidos parecidos), conciencia silábica (reconocer y dividir palabras en sílabas), memoria verbal (recordar secuencias de palabras), secuenciación temporal y atención auditiva. Todo esto se convierte después en la base directa de la conciencia fonológica que necesitarán para poder asociar letras y sonidos de manera eficiente. Y lo bonito es que este entrenamiento ocurre sin que ellos se den cuenta, jugando y disfrutando.
La neuroeducación también ha documentado los beneficios específicos de la lectura en voz alta compartida entre adultos y niños. Investigaciones muestran que leer en voz alta ensancha las redes neuronales del cerebro, potencia el vocabulario y la comprensión, activa áreas clave del lenguaje y, además, refuerza el vínculo afectivo. Es una actividad sencilla, al alcance de todas las familias y escuelas, y sin embargo, enormemente poderosa para crear lectores y lectoras a largo plazo.
El aprendizaje del lenguaje no empieza repitiendo. Empieza escuchando y creando.

No adelantar procesos, respetar los tiempos.
La salud infantil también depende de respetar ritmos. No acelerar procesos. No adelantar contenidos.
Priorizar juego, movimiento, risa y música favorece su desarrollo presente y futuro.
Desde la neurociencia se insiste en que muchas de las funciones necesarias para la lectura formal (como ciertas formas de atención, control inhibitorio o memoria de trabajo) están todavía en construcción en la etapa infantil. No están completamente consolidadas. Cuando pedimos a un niñ@ que realice tareas para las que su cerebro aún no está preparado, podemos conseguir que las haga, sí, pero a base de esfuerzo y fatiga, y con un aprendizaje superficial. A veces vemos que “puede”, y eso nos tranquiliza, pero la pregunta importante no es si puede, sino si es su momento y si esa es la forma más respetuosa y eficaz de acompañar su desarrollo.
Por eso es tan valioso preguntarnos, antes de exigir que lean, escriban y comprendan con profundidad, si el cuerpo y el cerebro han tenido la oportunidad de prepararse: si han jugado suficiente, si se han movido, si han escuchado un lenguaje rico y variado, si han cantado y rimado, si han tenido ocasión de sostener la atención en actividades que les motivan. Aprender no es un proceso únicamente intelectual, es un proceso emocional, corporal y neurológico a la vez.
Qué necesita un niñ@ para amar la lectura
Si queremos que los peques amen la lectura de verdad, más allá de las notas o las fichas, necesitamos ofrecerles experiencias que conecten libros y bienestar. Necesitan que los cuentos se vinculen a momentos positivos: estar en brazos o cerquita de un adulto, escuchar una voz cariñosa, reírse con una escena, sentirse protagonistas cuando completan una frase o eligen qué cuento toca hoy. La lectura compartida en voz alta, con tiempo, calma y mirada, es uno de los regalos más potentes que podemos hacerles.
También necesitan hablar mucho. El lenguaje oral rico es el suelo en el que más tarde se apoyará la comprensión lectora: conversar, contarles lo que hacemos, escuchar sus historias, responder a sus preguntas, acompañar sus juegos simbólicos con palabras. Cantar, hacer rimas y jugar con palabras les ayuda a afinar el oído para los sonidos, a disfrutar del ritmo del lenguaje y a construir, sin darse cuenta, las bases de la conciencia fonológica. Y, por supuesto, necesitan moverse: las pantallas, usadas en exceso, tienden a fijar la mirada y a reducir la movilidad del ojo, mientras que el juego, el movimiento y el explorarlo todo con el cuerpo favorecen un desarrollo motor y visual saludable, clave también para leer y escribir más adelante.
Respetar sus tiempos es otra forma de cuidar su salud. La salud infantil no solo tiene que ver con vacunas o alimentación, también con no acelerar procesos para los que aún no están preparados, con no adelantar contenidos intelectuales a costa del juego, del movimiento y del descanso. Priorizar que los niños y niñas jueguen, rían, se muevan y canten favorece su bienestar a corto y largo plazo. A veces lo que más nos cuesta como familias es aceptar que cada peque tiene su ritmo, pero reconocer y respetar esos ritmos también es educar.
Educar es emocionar primero
Volvamos al inicio: el Día del Libro no es solo para celebrar que leemos, es para celebrar que sentimos los libros. Porque cuando un niñ@ vive una historia —la oye, la juega, la dibuja, la transforma— esa historia se queda a vivir en él o en ella. Cuando se emociona, aprende. Cuando juega con el lenguaje, inventa, canta, repite rimas y cuenta cuentos a su manera, está construyendo las bases que más tarde le permitirán leer con fluidez y comprender con profundidad.
Educar no es empezar por las letras ni por las fichas. Es empezar por la emoción, por el vínculo, por el juego compartido. Desde ahí, todo lo demás llega con mucha más fuerza y sentido. En este Día del Libro, más que multiplicar actividades, podemos hacernos una pregunta sencilla: ¿Qué experiencia quiero que mi peque recuerde cuando piense en los libros? Si la respuesta incluye cercanía, disfrute y calma, estaremos sembrando algo mucho más importante que la lectura en sí: el deseo de seguir leyendo toda la vida.
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AUTORA: Marian Rodríguez. Mamá de dos, maestra de Infantil y Primaria, Asesora de familias y de centros educativos.

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